Por Elena Gallardo
Desapareció sin dejar ningún rastro. Estuvimos haciendo batidas por el campo durante una semana. Rastrojo, rastrojo, una zapatilla del pie izquierdo, bolsa de gusanitos de los años noventa. Pura basura.
A mi madre no le gustaba mucho nuestra amistad, en ese momento no entendía por qué. Más tarde comprendí que era porque Juanjo había resultado ser un niño enfermizo y ella sabía que no le esperaba una larga vida.
El día de su desaparición era una de las fiestas del pueblo porque, como ya he dicho aquí, el silencio es mala señal.
Juanjo había descubierto un pequeño arroyo justo donde terminaban las casetas de las fiestas. Lo suficiente apartado para encontrar apenas un par de personas en el camino. Total, éramos un par de críos raros. Estuvimos construyendo con unas cañas una balsa durante varios días, le añadimos un palo para poder desplazarnos. Simple. No éramos ingenieros en nada. Fui feliz aquellos días porque me imaginaba viajando en esa balsa por el mundo, cruzando el Amazonas y viajando a tantos lugares lejanos.
Pero como se suele decir, la avaricia rompe el saco. Juanjo quiso hacer otra balsa. A mí me parecía que estabamos bien así pero también es cierto que al haber descubierto él el sitio tenía cierto poder sobre lo que se hacía allí.
Al mediodía fuimos, cada uno a las respectivas casetas de nuestras madres, cuando regresé a la hora acordada Juanjo no estaba allí. Lo esperé durante una hora y nada. Entonces sentí un miedo profundo por el arroyo y volví con mi madre, dejé caer la cabeza en su regazo, y lloré, lloré. Y dije que era porque al volver de los baños me había pinchado con algo en el dedo y no porque la balsa ya no estaba allí.
No tuve tiempo y a la vez tuve todo el tiempo del mundo para desaparecer.
El aire era cálido y llevaba consigo arena. Quizás cuando despierte mi triste balsa y yo nos hemos convertido en una pirámide, quizás cuando despierte no reconozco el paisaje.
Pero ahora mismo estoy soñando y los sueños tienen reglas.
Pensé que me encantaría volar y lo hice, apenas unos dos metros. Supongo que para no entusiasmarse demasiado. Sé que no todo lo que deseas se cumple en este mundo. Nunca soñé con mi perrito Toby, ni con mi abuela Mati.
Pero esa noche soñé que el pueblo ardía, casa por casa, y a mí el fuego me daba calor. El calor que dan los rayos de sol durante las mañanas de invierno.
No oía gritos, ni ninguna sirena. Una extraña calma se apoderó del pueblo.
No podía dejar de mirar. Era el espectáculo más hermoso que había visto nunca y parecía no tener fin.
Me despertaron ellos, los borrachos que a veces cuando pasábamos por su lado nos llamaban “mariquitas” sin ningún tipo de disimulo. Estaban dando voces, como siempre. Cuando uno de ellos tiró la colilla de su cigarro a una papelera y ésta empezó a arder, miré hacia otro lado.